El corte de Patricio Pron

Al mirarse en el espejo tuvo la misma impresión de cada una de las ocasiones anteriores, que los espejos de esa peluquería lo reflejaban todo embelleciéndolo. En el espejo, por ejemplo, las manos de la peluquera parecían delicadas pero, al mismo tiempo, firmes, como las manos de una tejedora o las de una apostadora que había visto cierta vez en el casino de Mar del Plata. Eran manos pequeñas pero capaces de hacer muy bien su trabajo, cortar el cabello negro de ella en mechones que caían sobre la tela roja de la bata y siempre le provocaban un estremecimiento, ya que la separación de ella y de su cabello era un asunto muy serio. En ocasiones, al disponerse a abrir la puerta de la peluquería sabiendo de antemano que escucharía la campanilla colocada en el dintel para anunciar la llegada de los clientes, se decía que no haría eso si estuviera en el país, que no se atrevería a cortar el cabello negro que era el orgullo de su madre si aún viviera en el país que su padre llamaba «la patria» las escasas ocasiones en que discutían en el teléfono. Pero estaba en Alemania, donde todo era diferente y, en cualquier caso, cosas como un cabello negro, creía, podían ser fastidiosas.

Miraba por la ventana cuando llegó la peluquera, que comenzó a colocarle la bata sin apenas saludarla. La peluquera no era alemana sino polaca. No sabía esto por ella, puesto que nunca habían cruzado más de cinco palabras, sino por la persona que se la había recomendado cuando ella acababa de llegar a Alemania y pensaba que todo era tan diferente que incluso su cabello debería ser otro para no recordarle lo que había dejado atrás.

Al principio, la peluquera se había mostrado contraria a la idea de cortarle. Ella sólo cortaba a hombres, le había dicho con una contundencia que le pareció a ella una señal de orgullo profesional, y un empecinamiento que le pareció puramente eslavo. Pero, a pesar de esa reticencia inicial, acabó cediendo, y los cortes comenzaron a sucederse mes tras mes. En invierno, las mangas de los suéters de la peluquera, que por regla general eran demasiado largos, caían sobre las manos y las tijeras y acababan llenos de pelos, y en verano, al levantar la peluquera los brazos, ella podía ver los bordes marrones de las manchas que los lamparones de sudor dejaban sobre su camisa al secarse. Muchas veces, en verano, ella pensó que esa huella de cansancio debía excitar a los hombres que eran sus clientes, pero nunca pudo explicarse cómo había llegado a esa idea.

Mientras pensaba nuevamente en ello, notó que los primeros mechones comenzaban a caer sobre la bata. Las manos de la peluquera se movían alrededor de su cabeza como abejas preocupadas, dejando a su paso un rastro de devastación que, paradójicamente, debía embellecerla. Entonces alguien abrió una ventana en el edificio de enfrente y ella se volvió, por instinto, para mirar quién salía al balcón. La peluquera, al ver que la cabeza en la que trabajaba giraba sin previo aviso, soltó involuntariamente la tijera, que cayó sobre la bata.

—Lo siento —se disculpó ella.

—Disculpe —respondió mecánicamente la peluquera, recogiendo la tijera del regazo y pasándole un dedo por las hojas para quitarle los cabellos que se le habían adherido. Continuó cortando sin volver a hablar. Habían pasado varios minutos cuando ella, como si sólo hablara para sí misma, dijo, a manera de disculpa:

—«La curiosidad mató al gato». ¿No tienen ese refrán en su país?

La peluquera dejó de cortar por un momento. La tijera permaneció en el aire, abierta.

—No —respondió finalmente, volviendo a su trabajo—. ¿Qué significa?

—Bueno —pensó ella en voz alta—, los gatos suelen ser curiosos, eso es todo.

—Sí —respondió la peluquera después de un instante—, pero, ¿por qué muere el gato?

Ella pensó por un momento, sin acabar de entender la pregunta.

—Yo sólo digo que los gatos son curiosos pero no tontos —continuó hablando la peluquera—. Entonces, ¿por qué habrían de morirse sólo por ser curiosos?

—Bueno —balbuceó ella a manera de respuesta—, imagine que un gato mira su reflejo en un río. El gato piensa que su reflejo corresponde a otro, incluso aunque ese otro imite sus movimientos. Entonces se lanza al agua para jugar con él y se ahoga. Es un ejemplo de cómo un gato puede morir por ser curioso.

La peluquera permaneció en silencio un largo rato, cortando el cabello de la nuca, y ella volvió a pensar lo de siempre, que esa peluquera polaca le caía bien. Le gustaba su seriedad, el gesto de concentración que esbozaba cuando le cortaba el cabello a la altura de la nuca. A menudo, cuando se aburría en alguna de sus clases, solía llevarse la mano a esa parte preguntándose cuándo crecería el cabello de nuevo para volver a visitar la peluquería; pero ese pensamiento le parecía reprochable porque la peluquera no era su amiga. Era lo más cercano a una amiga que ella tenía en Alemania, pero eso era todo.

Cuando levantó los ojos, notó que la mujer miraba la ventana, pensativamente. La tijera permanecía en sus manos, abierta, como las tijeras que los alcaldes sostienen en las fotografías de las inauguraciones.

—No creo que un gato pueda verse en el río —dijo finalmente, encogiéndose de hombros, como si su comentario no tuviera importancia—. Quiero decir, quizás vean formas, pero no creo que piensen que es un gato lo que se ve allí. Pero es una idea buena, porque mi padre solía ahogar a los gatitos en el río, allá en Polonia, y eran muy bonitos y pequeños. Si los gatitos podían verse en el río quizás pensaran que iban a jugar con otro gato y eso hiciera su muerte más tolerable, pienso.

Ella no supo que responder. La peluquera volvió a cortar, como dando el asunto por terminado, pero luego dijo, deteniéndose:

—No sé si a los gatos les molestaba morir; no sé si pensaban en eso —y agregó, como si olvidara un detalle importante—. Mi padre dejaba luego que el río se llevara los cuerpos de los gatos muertos y una vez vino un campesino y nos contó que los había visto pasar frente a su granja, que quedaba a muchos kilómetros del pueblo, así que, de alguna manera, los gatos seguían haciendo cosas después de muertos. Muchas veces yo pienso que eso es lo que sucede después de la muerte, una sigue haciendo cosas pero no puede saberlo, es arrastrada por un río.

Ambas permanecieron en silencio un largo rato. La peluquera levantó un espejo para mostrarle la terminación de la nuca y ella, sin mirar, respondió afirmativamente. Como siempre sucedía, no hizo comentarios sobre el corte de cabello ni sugirió correcciones. En cambio, pensó que nunca había hablado tanto con una persona en Alemania, incluso aunque hacía meses que vivía allí. Por un instante, pensó que la peluquera era su única amiga en esa tierra en la que siempre sería una extraña, en la que los domingos estaban vacíos y los atardeceres prematuros sólo eran la señal de que tenía que regresar a la soledad de su apartamento para cocinar algo, pasar un dedo por el polvo de la biblioteca, declinar verbos alemanes. Si la soledad hablaba algún idioma, pensaba ella, ese idioma tenía que ser el alemán, pues en ninguna parte una persona estaba tan sola como en Alemania. Pensó que quizás podría invitar a la peluquera a tomar una taza de té, pero entonces se dijo que no sabría de qué hablar con ella. Se imaginó a ambas sentadas en una cafetería sin saber por dónde comenzar lo que a todas luces ya había terminado en el desastre, pero luego pensó que podría preguntarle sobre su trabajo, sobre si se sentía orgullosa cuando acababa con un cliente, si, al verlo luego por la calle, no le reprochaba mentalmente el peinarse mal o el aplicarse demasiado gel para el cabello. Le gustaría preguntarle si ya era peluquera antes de dejar Polonia, si le cortaba el cabello a su marido y a sus hijos, si es que los tenía, si no le dolían las manos al final del día, si alguna vez había cortado mal para llevar a cabo una venganza contra un cliente en particular o sólo como un juego.

Para cuando volvió a mirar, la peluquera ya había quitado el cabello que había caído sobre su rostro y su cuello y retiraba la bata. Se levantó, y al hacerlo notó que los mechones de cabello en el piso dibujaban lo que parecía la columna de un periódico que había visto en manos de un compañero de estudios chino. La peluquera se acercó a la caja y tecleó un instante. Luego dijo:

—Diez euros con treinta céntimos, por favor.

Ella le entregó el dinero y, sin atreverse a mirarla a los ojos, empleando para ello cuanto en ella había de voluntad, sugirió:

—Quizás, si a usted no le molesta, podríamos tomar una taza de té luego. No conozco personas en la ciudad y me gustaría hablar con usted.

Entonces la peluquera la miró con una perplejidad que poco a poco se fue convirtiendo en sospecha y luego en resentimiento. Ella sólo atinó a hacer un gesto con la mano y a dirigirse a la puerta, donde la campanilla del dintel sonó al abrirse y al cerrarse tras su paso. No quiso pensar en su error, en la peluquera observándola a través de la ventana, negándose a cortarle el cabello la próxima vez o sólo haciéndolo a regañadientes. Afuera el aire era frío. Ella comenzó a caminar en dirección a la parada del autobús y después no sucedió nada más.